Estereotipos de género y discapacidad en Apodaca.

29 Mar 2017

Autor: Emma González Gutiérrez

  • En estos vídeos vemos el uso de la feminidad, la homosexualidad  y la discapacidad como formas de vejación al interior de la prisión.
  • Uno de los internos que se encuentran en el piso es Daniel Valencia Treviño, alias “El Muletas”, presunto líder del Cártel del Noreste.

El pasado 15 de marzo se difundió a través de redes sociales, un vídeo que también fue  retomado por diversos medios de comunicación en donde se exhibía a internos que se encontraban en uno de los ambulatorios del Centro de Reinserción Social de Apodaca.

Las imágenes muestran a tres internos semidesnudos, que visten lencería, de rodillas lavando el piso, mientras son golpeados por otros dos, en lo que un tercero graba la escena. Les gritan “órale perra”, “en tanguita”, “en baby doll”.

Uno de los internos que se encuentran en el piso es Daniel Valencia Treviño, alias “El Muletas”, señalado como presunto líder del Cártel del Noreste, tiene amputada la pierna derecha, situación que de manera evidente le dificulta  el desplazamiento en relación a los demás.

La escena puesta para el escarnio público, detona interrogantes, pone de manifiesto  la incuestionable falta de control por parte de las autoridades al interior de los penales, la discutible propuesta de privatización del sistema penitenciario como “solución” al autogobierno y el papel de los medios de comunicación en la reproducción de mensajes  sin un mínimo filtro que apoye a la  reflexión.

Lo que vemos no son  “simples” amenazas entre internos confrontados, la vejación hecha a Treviño (incluyendo en la que es obligado a hacer felatio) y los otros dos hombres, lleva implícito un mensaje de violencia extrema con elementos nítidos de tortura sexual[1] en el marco de un clima generalizado de incompetencia política, son prácticas que han sido utilizadas en contextos de guerra para demostrar la superioridad y el control.[2]

Prendas a las que se les atribuye una carga erótica son puestas en los cuerpos desnudos de los internos como una forma de  provocar  desprecio a través de la vejación  mientras se les obliga a limpiar el piso de rodillas, acción que el líder no será capaz de hacer debido a la mutilación de su cuerpo, lo cual resulta aún  más humillante.

La existencia de la tortura no nada más compete al torturador, son los contextos políticos, sociales y culturales los que la  posibilitan. Es el contexto el que le ha adjudicado a lo femenino una condición de inferioridad, a la homosexualidad el desprecio y a la limitación física la repulsión, el verdugo solo toma estos elementos simbólicos desvalorizados para exacerbar su condición de superioridad.

La transgresión esta vez ha sido trasladada al espacio colectivo a través de los medios de comunicación que sirven como vehículos para colocar arbitrariamente a la sociedad en el lugar de testigos –o rehenes- que den cuenta de lo sucedido al interior de las prisiones, espacios a los que se ha preferido no voltear a ver.

“De la tortura, opinaba Michel De Certau, nadie quiere saber, ni puede creer[3]” por lo que resulta difícil identificarla y enunciarla.

Hoy, a través de lo mostrado se nos ha convocado involuntariamente (quizá) a saber de ella.

La posición desde donde elijamos mirar queda en prerrogativa de nuestro espacio personalísimo ya sea para  intentar entenderla, pretender ignorarla o contemplarla. Las elecciones todavía corren por nuestra íntima cuenta.

Notas:

  1. Se define como Tortura sexual; a la violencia en contra de los órganos sexuales; el asalto sexual físico y los actos sexuales que involucren contacto sexual físico directo entre la víctima y los torturadores, entre víctimas, entre víctimas y un animal, o los tres;  el asalto sexual mental, el desnudo forzado, las humillaciones sexuales, las amenazas sexuales y presenciar a otros siendo sexualmente torturados;  la combinación de los tres anteriores. (Lunde y Ortmann 1990, 289)
  2. Natalia Rodríguez Grisales en su artículo “Cuerpo, sexualidad y violencia simbólica en la tortura sexual (2011) menciona la relación que guardaron los medios de comunicación estadounidenses con las torturas que soldados  infringieron a civiles y a prisioneros iraquíes en una cárcel de Bagdad :” Por ejemplo, en el caso de las torturas de Abu Ghraib difundidas mediáticamente en 2004, la tortura sexual refleja la creación de un otro oriental y la producción de una dominación racial, sexual y de género. En los medios de comunicación norteamericanos los eventos fueron justificados como actos cometidos por individuos enfermos y aislados del modus operandi regular de la comunidad militar.
  3. Viñar, 2001-2017, Fundación Dialnet, Especificidad de la tortura como trauma. El desierto humano cuando las palabras se extinguen. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=1225937

Referencias

Viñar N. Marcelo, 2004, Especificidad de la tortura como trauma. El desierto humano cuando las palabras se extinguen. Revista de Psicoanálisis

Rodríguez N. (Octubre-Diciembre de 2015): Cuerpo, sexualidad y violencia simbólica en la tortura sexual. Revista de estudios sociales, Universidad de los Andes. Recuperado de: https://res.uniandes.edu.co/view.php/1032/index.php?id=1032

Cortés E. (2014) Feminización y subalternización del otro enemigo. Construcción y destrucción de corporalidades en contextos de conflicto armado y violencia extrema. Recuperado de: http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0121-56122014000100003&lng=en&nrm=iso&tlng=es#*

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